sábado, 31 de enero de 2026

Salvia: El humo que susurra a los dioses

 




Entre las nieblas de la historia y los susurros de lo invisible, la salvia ha sido mucho más que una hierba: es un hilo que conecta lo terrestre con lo divino. Su aroma, penetrante y etéreo, ha cruzado culturas y eras, llevándose consigo secretos de curación, protección y comunión espiritual. No es casualidad que los antiguos ofrecieran salvia a los dioses, invocando su esencia para abrir portales entre mundos.

En los vikingos, se decía que la salvia ardía como una llama que llegaba hasta Odín, el sabio que lo ve todo, el dios de la sabiduría y los secretos. Sus guerreros y chamanes quemaban ramitas de salvia antes de batallas o rituales, pidiendo visión, coraje y claridad. El humo no solo limpiaba el aire, sino también el espíritu, preparando a los humanos para tocar lo sagrado.

Para los celtas, la salvia era hermana de la luna y de los bosques. Los druidas ofrecían sus hojas a Brígida, la diosa del hogar, la poesía y la sanación, y a Cernunos, señor de los animales y la abundancia. Su humo era un puente hacia la naturaleza, un lenguaje que solo los dioses podían comprender, un susurro de respeto y gratitud que atravesaba las raíces de los árboles y las corrientes de los ríos.

En la Grecia antigua, los templos de Artemisa respiraban el aroma de la salvia. La diosa de la caza y protectora de la naturaleza recibía estas ofrendas en noches de luna llena, cuando el humo se alzaba en espirales sobre los bosques sagrados, llevando plegarias de protección, claridad y libertad.

En Egipto, la reina de los cielos, Isis, recibía salvia en ceremonias donde se buscaba la sabiduría de los ancestros y la purificación del alma. Sus sacerdotes encendían la hierba, dejando que el humo, ligero y blanco, ascendiera como plegaria, invocando fuerza, protección y renacimiento.

La salvia, en cada cultura, no solo limpia, no solo protege, sino que abre puertas invisibles, invita a los dioses a acercarse y susurrar respuestas. Su aroma es un lenguaje antiguo, un mensaje que solo los atentos pueden escuchar: un puente entre lo humano y lo divino, entre lo tangible y lo eterno.

Encender salvia es encender la memoria de los mundos. Es recordar que cada hoja, cada brizna, contiene un secreto que los dioses han guardado desde el principio de los tiempos.


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